Si algo nos dice la respuesta de España a los discursos del Papa es que la crisis de nuestra política es fundamentalmente de liderazgos. Ha bastado que llegara un tipo serio, con una posición firme y dirigido a las personas y no a las redes para concitar un entusiasmo generalizado. Ha bastado con elevar el nivel y dejar de tratar a la gente como si fuera idiota para que esa misma gente comenzara a comprender lo que quieren decirle, como si cuanto más complejo fuera el mensaje, más fácil resultara captarlo. Los líderes -todos- tienen una visión, un modelo de sociedad y unos principios. Los explican y el resto les sigue o no les sigue. Esto es exactamente lo contrario de lo que hacen nuestros políticos, que trabajan al revés, como todos los populistas: como su objetivo es que les sigan, piensan primero qué quiere oír la gente y luego se lo dicen, habitualmente de un modo tan facilito y tan mediocre que acaba por parecer morse y ellos morsas. Y no se entiende nada.Yo no tengo la menor idea de en qué creen Sánchez, Feijóo o Abascal, no sabría decirte tres creencias innegociables de cada uno de ellos. Son líquidos y por eso es imposible seguirlos. Autoridad viene de ‘autor’, es decir, el que origina, el que crea, el que hace crecer algo. Si no son capaces de hacerlo, no pueden reclamar una autoridad. Y se esté de acuerdo o no con el Papa, es innegable que él sí que tiene esa autoridad y por eso, logra que el que lo escucha valore de sus discursos las coincidencias con él en lugar sus desencuentros. No me parece algo malo: eso exactamente es lo que persigue. Aunque si se trata solo de dejar sacar las obsesiones, en vez de un discurso del Papa, vale con un buen test de Rorschach.